• Psicóloga Dalia Villasana

Parábola del águila y las gallinas.


Érase una vez un hombre que, mientras caminaba por el bosque, encontró un aguilucho. Se lo llevó a su casa y lo puso en su corral, donde pronto aprendió a comer la misma comida que los pollos y a conducirse como éstos.


Un día un naturalista que pasaba por allí le preguntó al propietario por qué razón un águila, el rey de todas las aves y los pájaros, tenía que permanecer encerrada en el corral con los pollos


“Como le he dado la misma comida que a los pollos y le he enseñado a ser como un pollo, nunca ha aprendido a volar”, respondió el propietario, “se conduce como los pollos y, por tanto, ya no es un águila”.


Sin embargo, insistió el naturalista, “Tiene corazón de águila y, con toda seguridad, se le puede enseñar a volar”.


Después de discutir un poco más, los dos hombres convinieron en averiguar si era posible que el águila volara. El naturalista la acogió en brazos suavemente y le dijo: “Tú perteneces al cielo, no a la tierra, abre las alas y vuela”.


El águila sin embargo estaba confusa; no sabía qué era y, al ver los pollos comiendo, saltó y se reunió con ellos de nuevo.


Sin desanimarse, al día siguiente, el naturalista llevó al águila al tejado de la casa y le animó diciendo: “Eres un águila, abre las alas y vuela”. Pero el águila tenía miedo de su yo y del mundo desconocido y saltó una vez más en busca de la comida de los pollos.


El naturalista se levantó temprano al tercer día, sacó el águila del corral y la llevó a una montaña. Una vez allí, alzó al rey de las aves y le animó diciendo: “Eres un águila y perteneces tanto al cielo como a la tierra. Ahora, abre las alas y vuela.”


El águila miró alrededor, hacia el corral, y arriba, hacia el cielo. Pero siguió sin volar.


Entonces, el naturalista la levantó directamente hacia el sol, el águila empezó a temblar, a abrir lentamente las alas y, finalmente, con un grito triunfante, voló alejándose en el cielo.


Es posible que el águila recuerde todavía a los pollos con nostalgia; hasta es posible que, de cuando en cuando, vuelva a visitar el corral.


La anterior parábola puede tener muchísimas lecturas y para cada quien puede ser una diferente, sólo hay que leerla y dejarse sentir que tiene que ver con cada uno de nosotros.


Puede ser interpretada como el no querer salir de la zona de confort y mantenernos ahí, para no tener que esforzarnos, hacer las cosas de manera diferente y llegar a nuestra mejor versión.


También podría verse como nuestras creencias limitantes, pueden dominar nuestra vida, ya que nos las creemos a pie juntillas y no las cuestionamos o ponemos en duda.


O también, el dejarnos manejar por el miedo, que nos paraliza y no nos deja sacar nuestra esencia.


Podría darte muchas formas de encontrarle un sentido, pero prefiero que cada uno le dé una explicación personal.

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